martes, 10 de abril de 2012

19º - Regalo de comunión


REGALO DE COMUNIÓN

1940

     Hice la comunión en los años 40, el traje de marinero lo confeccionaron unas monjas que tenían amistad con mi tía Sagrario. Ella les daba víveres para sus huérfanos cuando todo escaseaba, a través de mi madre que se dedicaba al estraperlo.

     Me emocioné cuando vi que mi madre había llegado desde Madrid e iba a estar en la ceremonia y que fuera de la costumbre de aquellos tiempos, la comunión la haría en San Juan, donde fui bautizado y no en el colegio del Auxilio Social, donde estaba interno.

     A mi padre no lo conocía, mejor dicho no le recordaba. Vivía en Gijón de incógnito, con nombre falso. Eran malos tiempos para pensar diferente. Mi madre no lo había vuelto a ver desde antes de la guerra y yo solo tenía 4 años la última vez que lo vi. El último recuerdo que tengo de él es muy borroso y fue de cuando me llevó a cortar el pelo. Y me acuerdo de ello por que  me asusté al ver las tijeras, me caí de una banqueta alta, casi quedo ciego, y desde entonces conservo una espantosa bizquera en el ojo derecho. Tampoco sé si esto lo recuerdo o me lo contaron después.

     A mi padrino de comunión le llaman el tapicero y es un antiguo camarada de mi padre, aunque ahora no conviene decir esa palabra, diré mejor que es un antiguo amigo y compañero.

     Mi madre se acercó a mí y me preguntó:

-          Juan, ¿Qué deseas como regalo?-

No lo dudé mucho.

-          A mi padre.

 Ella se quedó pensativa un momento, transida por un dolor que yo no la conocía. Me besó en la frente, olía muy bien, y se fue sin decir nada.

     Yo hice la comunión y fui muy feliz, jugué con  mis primos, hicimos un almuerzo modesto y vino incluso mi abuela Herminia desde la aldea, ¡Que bella, fuerte y  vital era esa mujer.

     Mi madre y mi padrino discutían levemente. Yo seguí jugando.  Al día siguiente  que era lunes, se presentó mi padrino en casa de mi tía.

-          Mira Juan, te voy a llevar a ver a tu padre.

  Mi madre me ayudó a preparar una maletita, el viaje no era demasiado largo.  Doblamos el traje de almirante con cuidado.

      Durante el viaje, mi padrino me aleccionó.

-               Mira Juan, vamos a ir al mercado en que trabaja tu padre, iremos muy temprano, cuando aún están descargando. Yo te lo señalaré, si te dice que estas equivocado o que no te conoce, no insistas.

     Al  llegar a Gijón buscamos la pensión de unos amigos de mi padrino. Casi no había amanecido cuando nos levantamos y sin nada en el estómago nos vestimos. Yo me puse mi  traje de almirante. Estaba feliz, mi padre iba a ver por mi aspecto que yo iba a llegar a ser un gran militar, un ardoroso guerrero como él. Un militar de carrera como mi abuelo y como él mismo.

      En el mercado mi padrino me señaló un hombre. Al principio no lo reconocí, flaco, bajito, con la dentadura incompleta, pero si, era él, el hombre de la foto que yo guardaba como oro en paño.

     Me acerqué a él.

-          ¡Papá, papá!.

     Él se detuvo en seco, sin bajar la carga se dio la vuelta, creo que se me quedó mirando un instante, pareció querer llegar a mí, abrazarme. Pero no movió un músculo. En lugar de eso se volvió a girar y dijo.

-          Yo no te conozco, no tengo hijos.

-          ¡Que sí, papá, que soy yo, Juan.  Miguelín y Emilito se murieron pero yo no, yo estoy aquí.

Me volvió a mirar, sus ojos estaban heridos, pero se recobró enseguida.

-          Te confundes chaval.

     Mi padrino llegó enseguida a mi lado.

-          Disculpe al niño, señor, se ha equivocado.

     Ambos nos marchamos en silencio.  Recogimos en silencio nuestras escasas pertenencias de la pensión. 

E hicimos igualmente el viaje de regreso callados. 

     Al llegar al colegio rompí su foto. Me escapé un par de veces, volví a ingresar, y poco tiempo después, mi madre me llevó a vivir con ella a Madrid, había montado una pensión. 

     Terminé la básica, comencé la secundaria y me puse a trabajar, y un día mi madre me dijo que se iba a volver a casar.

-          Pero tú ya estás casada.

-          No, ya hace años que soy viuda. Tu padre murió.

-          ¿Cuándo?

-          Al poco que volviste de Gijón.

     Mi padrastro es un buen tipo, pero ya soy mayor, ya no necesito un padre.

    

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