miércoles, 21 de marzo de 2012

18º- Los chorizos

LOS CHORIZOS

      Cuando todos duermen es cuando hay que aprovechar.  Colocamos todo lo que podemos dentro de la cama para que haga bulto y crean que seguimos durmiendo. Luego el Jamo y yo,  nos deslizamos en ropa interior por el  pasillo, escondiéndonos en cada recodo de sombra y sigilosamente bajamos a las cocinas, más concretamente a la despensa, que es nuestro objetivo.

     En verano esto está chupao, pero en invierno, y solo con el pijama, hace un frío del demonio.  Claro que nosotros estamos curtíos, somos los niños de la nueva España, una España más fuerte, más viril, más sana más decente y mejor, y como niños del movimiento, nada más levantarnos, nos duchamos, sea invierno o verano, siempre con agua fría, para volvernos fuertes y estoicos.  Luego formamos en el patio, recién duchados en ropa interior y hacemos la instrucción.   Alguno se ha acatarrado, incluso,  alguno que estaba muy malito, ha pasado al hospital, o ha vuelto con sus padres, aunque el Mario no tenía padres y tampoco ha vuelto.

-          Se quedó con unos tíos lejanos. Me contestó la monja cuando se lo dije en clase.

      Luego nos echó un sermón sobre la importancia de no fumar y de no beber alcohol y de no ir con ciertas mujeres que llaman “de la vida”, por que los niños luego nacen con taras y son debiluchos y enferman, como pasaba con los hijos de los rojos, que tenían una moral tan relajada. Los padres del propio Mario, por ejemplo.

-          No solo tiene que ser sana la madre, si no también el padre, por que si no la debilidad se trasmite.

Y yo estoy preocupado. ¿También mis hijos nacerán bizcos? 

El médico se rió con ganas cuando se lo pregunté y me contestó que no, que lo mío era por un accidente, pero que no bebiera, no fumara y no fuera con malas mujeres, que nunca se sabe.

      Tenemos un plan, claro que si, nos deslizamos como sombras por el edificio pero si nos pillan, cerraremos los ojos, pondremos los brazos paralelos a los hombros y fingiremos que somos sonámbulos, pero mejor que no nos pillen. ¡Con lo desconfiá que es la Pruden!

     Llegado a nuestro objetivo, tenemos cuidado de no hacer ruido, registramos la despensa a fondo y allí están, con la misma pinta, que tenían hace unas dos semanas, cuando nos los dio el carnicero del pueblo “Pa los fillos del hogar”. incluso ahora huelen más y mejor, Una buena ristra.  Ya no quedan más que dos, y nosotros no los hemos probado.

      Discutimos si llevarnos medio cada uno o pegarles un bocado para que se note menos, al final nos llevamos uno que partimos para los dos, y es tanta la gana que nos lo comemos allí mismo.

     Y un par de manzanas de postre. Nos comemos hasta el troncho, así no quedan restos.  Luego nos vamos a la cama.



     A la mañana siguiente después de la instrucción, se dan cuenta del hurto. Nos dejan a todos sin desayunar hasta que se esclarezca el robo. Nos ponen en posición de firmes y allí aguantando, luego la Pruden, pasa de niño en niño, oliendo nuestras ropas a ver cual huele a chorizo, estamos en las últimas filas, rezamos por un milagro. ¡Y ocurre!



     Un sonido de traca, estruendoso y terrible rompe el silencio de la formación uno de los niños se tira un pedo.  Se comienzan a escuchar un montón de risitas amortiguadas La Pruden con su finísimo olfato,  comienza a oler todos los culos, recién duchados a ver si lo localiza, se quedan todos tan aterrorizados que al llegar a uno de ellos que no había  sido. Se lo tira de los puros nervios en la cara de la señorita.

   Es condenado a un castigo tremendo, nos pasamos varios días sin verlo. Vuelve desmejorado.

     Me siento fatal por haber robado los chorizos, y peor aún por desear un milagro, sin preveer las consecuencias.  Me confesaría al cura, pero ya sé que el secreto de confesión de un niño no es tal secreto. Me da más miedo el castigo humano que el divino.  Me tendré que comer mi culpa como me comí el trozo de chorizo.

viernes, 16 de marzo de 2012

17º El niño de las monjas.


EL NIÑO DE LAS MONJAS

    

     Así es como me llaman mis compañeros cuando me quieren hacer rabiar, y eso ya me ha valido unas cuantas peleas.

     Las señoritas, que no son monjas (aunque por su aspecto lo parecen), es cierto que me dan un trato especial, y que me dispensan más atenciones que al resto, pero esto es por mi buen carácter, por mi simpatía y por que soy alegre, cariñoso y sobre todo, muy obediente.

     Los otros niños dicen que no es por eso, que es por que soy un pelota, y por que soy bizco y las doy pena.

     Eso me enfada y al principio me hacía llorar, pero ya no, ahora al que me lo dice, le casco, y todos me temen por que a mi no me castigan, si acaso me riñen.

-          Juan, no es de buen cristiano. No hay que pelearse, Dios nos dice que debemos poner la otra mejilla.

-          Si hermana. ¿Pero y cuando ya hemos puesto las dos?.

-          ¡Jesús, María y José, diablo de chiquillo!.

     Es por estas contestaciones, y alguna que otra picia, que las monjas me llaman Juan de todos los diablos.

     Aproximadamente un par de veces al mes, las monjas nos llevan a unos cuantos niños para que las acompañemos cuando van en busca de donaciones para mantener el colegio.  Solemos ir siempre más o menos los mismos  niños.  A estas visitas solo pueden ir los que se portan bien, sacan buenas notas y no están castigados. Yo siempre soy uno de los dos niños que van, aunque me halla portado mal, o este castigado, sobre todo cuando vamos a la Casona de V. Allí no puedo faltar, la señora me tiene gran cariño, y si estoy enfermo, retrasamos la visita. Allí voy yo solo, cuando lo normal es que nos lleven a dos.

     Es una gran casa, creo que del siglo XVII,  con muchas tierras y praós, y bosque,  y cuadras para los caballos, y un jardín. Me lo paso fenomenal. Si hace buen tiempo, me ensillan un caballo y me enseñan a montar. Es una casa tan bonita, que es una pena que Doña Rosario, la señora no viva allí todo el año.

     Un día se lo dije a doña Rosario, lo mucho que me gustaba la casa.

-          ¿De verdad te gusta? Pues quizá algún día te la regale.

-          ¿En serio?.

     Doña Rosario me dedicó una sonrisa enigmática que lo mismo podría querer decir un si, que un no.

     En otras casas me llevan a merendar a la cocina después de la visita, aquí la señora me sirve el chocolate y los picatostes, con ellas en el salón. A veces la veo pasear furtivamente la vista del cuadro de la chimenea a mi, y vuelta. Un día le pregunté quien era el del cuadro y me contestó que su único sobrino.

    Terminada la merienda, suelen enviarme a que juegue al jardín o a mandan a algún mozo a enseñarme los campos los animales y el manejo de la casona, Fermo, el capataz, me dice que aprendo rápido, y que se nota que lo llevo en la sangre.
     En una de mis últimas visitas la señora, dirigiéndose a mí me ha comentado:

-          Yo te tengo un gran cariño, ¿sabes?. Tu madre sirvió en mi casa, antes de que tu nacieras.

     Después pellizca mis mofletes y me da un beso.

-          ¡Ala, a jugar al jardín!

     Las monjas y ella se quedan charlando.  Guardo con sumo cuidado los bombones con que me han obsequiado en la cocina por orden suya. Luego se los regalaré a las señoritas, cuando volvamos de regreso.

     Me gustan las muestras de  afecto que me prodigan las hermanas cuando se los regalo.

     Un día de los que toca visita ya no vamos a la casona de Doña Rosario. Por el camino le pregunto a Sor Ángela el porqué.

-          Dios ha tenido a bien, llamar a Doña Rosario a su lado.

     Me entristece, yo también le tenía cariño a la señora, pero me quedo con las ganas de preguntarle a las monjitas, si de verdad, al final me ha regalado la casona, pero sé que eso no estaría bien. Me siento culpable por ser egoísta y rezo por ella y por mí, para que Dios me perdone el egoísmo.


martes, 13 de marzo de 2012

16º Certificado de vida religiosa.


CERTIFICADO DE VIDA RELIGIOSA

           Después de su travesura, he decidido llevar a Juan a un colegio interno. Me han hablado bien de los Maristas en Oviedo, así que salgo de vacaciones un poco antes para dejar arreglado el tema.

                                                            ………………………..


     Es un poco caro y ya no me lo puedo permitir, seguí el consejo de mi madre y he dejado el estraperlo.
      He montado una pensión. El ministro me ha ayudado y cuento con unos ahorrillos. Pero no es un negocio tan lucrativo como el del mercado negro.

     En el Auxilio Social de Oviedo me exigen un certificado de vida religiosa para que pueda ingresar el niño en el colegio pero para ello  debo arreglar algunos asuntillos, como el de mi boda, que al ser civil no es válida.  Bueno puede llegar a serlo, ellos lo arreglarán. Conseguir su certificado de bautismo, y arreglarlo para que conste como hijo de Miguel.  Luego conseguir testigos de asistir a misa con regularidad etc. etc., con eso todo arreglado. 

     Todo me cuesta unos buenos dineros y cierta ayuda de mi antigua señora y sus contactos, pero vale la pena. A ambas nos conviene este arreglo.
     Me sirve también para regularizar todos los papeles del niño que me faltaban.

Fin del 16º capítulo de Las memorias de Olvido.

jueves, 8 de marzo de 2012

15º - Travesura.


TRAVESURA

     Mi última travesura, y eso que no fue tal, ha colmado el vaso de la paciencia de mi  tía. Me van a meter interno en un colegio y eso que al igual que los héroes de las películas, hemos salvado a mucha gente.

      Mi tía y mi tío me han cogido mucho cariño, me tratan como a un hijo más. Ayudo a mi tío, que es panadero. Con el dinero que manda mi madre compra trigo en el mercado del estraperlo, gracias a unos contactos que han salido gracias a mi madre.  Luego hornea pan a escondidas, y yo que le soy simpático a los civiles  soy el encargado de llevar el pan semi escondido a la lista de clientes, lo hago por que soy rápido y  paso desapercibido .

     Con mi amigo el Angelote, el hijo del tranviario, suelo salir a dar un paseo a las afueras de Oviedo y jugamos a la guerra y a ser héroes.

     Se dice que los montes asturianos están llenos de maquis y jugamos a dispararlos.  Aunque lo de hoy es distinto. Jugábamos a los indios a escuchar al séptimo de caballería en los raíles, cuando vimos que las lluvias habían arrastrado un tramo de vía, el tren estaba a punto de pasar. Y descarrilaría

     Rápido hemos hecho una hoguera recogiendo palos y ramas secas de aquí y de allá. Lo hemos encendido con mi mechero de yesca.

     El maquinista lo ha visto a tiempo y ha detenido el tren. Al ver que habíamos conseguido nuestro propósito hemos salido corriendo, han ido detrás nuestra pensando que era una gamberrada pero no nos han pillado.

     Corrimos a refugiarnos cada uno a nuestra casa. Entré como una exhalación y me escondí debajo de la cama.

     Mi tía me saco arrastrando de una oreja.

-          ¡Ah, pillastre, en que lió te metiste! Sal que está aquí la guardia civil.

     Me ha venido a buscar la guardia civil. Afuera estaba también el Angelote. Debe ser cosa grave puesto que nos han llevado a gobernación.

     Nos meten sin explicaciones y bruscamente y nos llevan frente a una puerta.  Uno de ellos da tres toques.

-          Da usted su permiso.

-          Adelante pasen.

     Un señor, sentado en un sillón que debe ser el gobernador nos mira con suma gravedad.

-          ¿Así que habéis sido vosotros los de la hoguera?

Nosotros asentimos mudos.

-          ¿De quien fue la idea?

     Casi no acertamos a dar las explicaciones. Pero doy un paso al frente.

-          Vaya, vaya, chaval. ¿Y como se te ocurrió lo de la hoguera?

-          Yo, yo lo vi en una película de indios y vaqueros, mi general.

-          O sea, que en una película. 

      El gobernador se levanta de su asiento, imponente frente a mí que soy más bien bajito incluso para mi edad.  Me rodea, me observa y levanta la mano como si me fuera a dar un bofetón. Eso me trae una niebla de miedo y recuerdos, no sé por que, pero me acuerdo de mi tío Emilio.

     En lugar de eso me da una palmadita en la espalda. Me felicita por dar la cara y hacerme responsable de mis actos, también nos explica  que no estamos allí para castigarnos si no por que nos quiere felicitar por haber salvado al tren de un seguro descarrilamiento, en un claro sabotaje rojo, en el que podrían haber salido heridas muchas personas o algo peor.

     Intento explicarle,  que han sido las lluvias y un arroyo subterráneo, los responsables de que falte ese tramo de vía, pero no quiere escucharme, me dice que no diga tonterías y que esta claro que han sido esas alimañas rojas.

     No necesitamos contarle nuestras vidas, sabe quienes somos y quienes nuestros padres y lo que hacemos y el colegio al que vamos. ¡Que bárbaro el tío!, ¡lo sabe todo!

     Se nos pasa el miedo, nos llevan a casa en un coche. Pero antes vamos a la estación, allí un montón de gente que iba en los trenes nos quiere agradecer nuestra acción y nos dan una recompensa con el dinero que han recogido en una colecta entre los pasajeros salvados.

     La noticia ya ha corrido como la pólvora, creo que hasta la van a publicar en los periódicos de mañana. Mi tía también me felicita, soy el héroe del barrio.


Fin del capítulo 15º de Las memorias de Olvido.