domingo, 9 de diciembre de 2012

21 - La escapada

Por un error he publicado este  capítulo con posterioridad al del Llobín, y es justo al revés, la causa de que se halle expulsado del colegio y en la aldea con sus tíos y abuela, es precisamente este episodio de la escapada. Debido a que pasa el invierno en la aldea es que encuentra al cachorro de lobo.

ESCAPADA

1942


     Me he escapado del colegio, ha sido casi como un juego y no ha sido demasiado difícil. Con los últimos días del verano parece que  la disciplina tiende a relajarse.

     Nos hemos fugados mi amigo Paco y yo, todos están dormidos y en un descuido hemos metido un bulto de ropas dentro de la colcha. Hasta por la mañana no se darán cuenta de nuestra huida.

     En el colegio me tratan muy bien y eso que soy tan travieso que me llaman Juan de todos los Diablos. Este mote me lo han puesto entre otras, la señorita Reme que es muy buena con nosotros. No me falta la comida ni la ropa y aunque la disciplina es férrea no puedo decir que me traten mal. Pero echo mucho de menos a mi madre. Sé que sigue viviendo en Madrid y yo recuerdo el camino que hicimos en el tren, así que si sigo el trazado de las vías llegaré hasta la capital. Me he aprendido todas las estaciones por las que pasa el tren de memoria, así como los pueblos por los que pasa. Me aplico mucho en geografía aunque se me dan mejor las matemáticas.

     Ya es mediodía y por suerte no nos ha llovido, tenemos hambre y estamos cansados, Paco ha visto una higuera llena de frutos maduros, trepamos a ella y cómodamente subidos en una rama, colocamos la espalda contra el tronco y las piernas colgando, nos echamos una siesta después de atracarnos de higos.  Al despertar tenemos la tripa hinchada como un odre. ¡Jamás voy a volver a comer higos en mi vida!    Nos limpiamos la diarrea con hojas y agua del riachuelo.

     Cuando cae la noche dormimos en  los pajares entre montones de heno. Me trae recuerdos de las vacaciones recientes en la casa de la abuela Hortensia.

     Dos niños solos, al final la cosa tenía que acabar así. La guardia civil dio con nosotros y me devolvió de nuevo adonde el colegio, del colegio me han expulsado, vino a buscarme la tía Sagrario.

     Mi madre vino a verme  a Oviedo y de alli partimos a la aldea, estuvimos unos días juntos , luego ella marcho a sus quehaceres en Madrid y yo quedé en la aldea, mientras consigue que me readmitan de nuevo en el colegio.
      Me dejó un par de meses  con mi abuela y mis tíos solteros, como me aburro, me dedico a pintar y a dar largos paseos.

 

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 13 de abril de 2012

20º El llobín.


EL LLOBÍN

(EL LOBEZNO)

1943

     Hoy ha nevado, me escabullo después del desayuno, antes de que mis tíos o mi abuela puedan decirme que no. Al cabo de un rato, ya casi estoy arrepentido, me he cansado de hacer batallas imaginarias de bolas de nieve contra los árboles.

     Entre la nieve asoma algo oscuro, me acerco mejor, es un cachorro de lobo, aterido de frío, está medio muerto. su madre no puede andar muy lejos, pero si así fuera el cachorro estaría con ella. Sin pensar en las consecuencias lo cojo en brazos y lo  meto dentro de mi abrigo, contra mi pecho. El cachorro reacciona y feliz me pega un lametón agradecido. Varios días después me enteraré que han cazado una loba cerca de la aldea.

     De momento lo llevo al establo, donde están las vacas y el caballo, lo ato una cuerda para que no escape y le preparo una cama de heno para que esté calentito. Ordeño un poquito a una de las vacas  y se lo doy al cachorro, que me lame la mano, tengo que tener cuidado y ocultarlo.

      Creo que en casa sospechan algo. No es frecuente en mi, estar tan bien dispuesto para hacer cualquier recado que pase por el establo.

     Así que al final me pillan, el sitín ya está muy grande y era difícil que pasase desapercibido.  De momento me dejan quedármelo.

  Luego en las navidades, las pasamos con mi madre, juntos en la aldea y de nuevo de vuelta al colegio.  Ha conseguido que me vuelvan a admitir, aunque solo para lo que queda de curso. Me ha prometido que si todo le va bien me llevará el verano que viene con ella definitivamente y viviremos juntos en  Madrid.



     En agosto pasamos las vacaciones de nuevo en la aldea, voy a buscar a Lobo y ya no está, me dicen que se fugó al poco de irme. Me entristezco, pero me olvido enseguida, pues llegan mis primos y ya no me acuerdo más.

     Pasarán varios años, hasta que yendo por la feria, del Xiringüelu, en Pravia, un perro enorme se abalance hacia mi. Se trata de Lobo, que me tira al suelo y me llena la cara de lametones.

     El nuevo dueño me cuenta que se lo vendieron en esta misma fería, hará ya unos años, por que las personas que lo tenían no lo podían cuidar.

-          Es un buen perro, lo tengo en aprecio, más de una vez me ha salvado de algún mal trance. -Me dice el nuevo amo. Mientras le dá dos palmadas secas y afectuosas en los costados.

     Miro a Lobo, parece estar bien cuidado, miro sus ojos, y me dicen que se quiere venir conmigo, pero eso no puede ser. 

     Miro al hombre, a su nuevo dueño, y sé que es un buen hombre, que lo trata bien y no lo mata a palos. 

      Lobo al principio gruñe a su amo, y no quiere más que quedarse conmigo. Le llevo a un aparte y hablo con él como si fuera una persona y me entendiese. Le cuento que no me puedo quedar con él, que lo siento y que va a estar muy bien.

      Parece entenderlo, suelta un lamento, se frota contra mi, me lame la cara entera, y a una nueva llamada de su amo, va con él. Nunca se me olvidará cuando por última vez, giró su cara y me miro largamente, con ojos casi humanos, en los que pude leer su adiós,  que lo entendía y que su cariño siempre estaría conmigo.

     Creo que ese día comencé de verdad a madurar. Saber renunciar a alguien querido, por que sabes que es lo mejor para ese alguien.  Aunque no sea fácil.  De repente comprendí a mi madre cuando me dejaba interno en el colegio.  Entendí por fin sus motivos.

     Comprendo por fin a mi madre y sé lo absurda que fue mi escapada del colegio para ir en su busca. Aun y así no puedo evitar sentirme muy dolido por la separación. También por no poderme quedar con Lobo, y sé que así se debió sentir mi madre en aquel entonces. Amar a veces significa renunciar a lo que más quieres por que es lo mejor.

     Madurar es en parte eso, aguantar cosas que duelen y tirar para adelante. Tomar decisiones aunque no sean fáciles.

                 

Fin del capítulo 20º de Las memorias de Olvido.    


martes, 10 de abril de 2012

19º - Regalo de comunión


REGALO DE COMUNIÓN

1940

     Hice la comunión en los años 40, el traje de marinero lo confeccionaron unas monjas que tenían amistad con mi tía Sagrario. Ella les daba víveres para sus huérfanos cuando todo escaseaba, a través de mi madre que se dedicaba al estraperlo.

     Me emocioné cuando vi que mi madre había llegado desde Madrid e iba a estar en la ceremonia y que fuera de la costumbre de aquellos tiempos, la comunión la haría en San Juan, donde fui bautizado y no en el colegio del Auxilio Social, donde estaba interno.

     A mi padre no lo conocía, mejor dicho no le recordaba. Vivía en Gijón de incógnito, con nombre falso. Eran malos tiempos para pensar diferente. Mi madre no lo había vuelto a ver desde antes de la guerra y yo solo tenía 4 años la última vez que lo vi. El último recuerdo que tengo de él es muy borroso y fue de cuando me llevó a cortar el pelo. Y me acuerdo de ello por que  me asusté al ver las tijeras, me caí de una banqueta alta, casi quedo ciego, y desde entonces conservo una espantosa bizquera en el ojo derecho. Tampoco sé si esto lo recuerdo o me lo contaron después.

     A mi padrino de comunión le llaman el tapicero y es un antiguo camarada de mi padre, aunque ahora no conviene decir esa palabra, diré mejor que es un antiguo amigo y compañero.

     Mi madre se acercó a mí y me preguntó:

-          Juan, ¿Qué deseas como regalo?-

No lo dudé mucho.

-          A mi padre.

 Ella se quedó pensativa un momento, transida por un dolor que yo no la conocía. Me besó en la frente, olía muy bien, y se fue sin decir nada.

     Yo hice la comunión y fui muy feliz, jugué con  mis primos, hicimos un almuerzo modesto y vino incluso mi abuela Herminia desde la aldea, ¡Que bella, fuerte y  vital era esa mujer.

     Mi madre y mi padrino discutían levemente. Yo seguí jugando.  Al día siguiente  que era lunes, se presentó mi padrino en casa de mi tía.

-          Mira Juan, te voy a llevar a ver a tu padre.

  Mi madre me ayudó a preparar una maletita, el viaje no era demasiado largo.  Doblamos el traje de almirante con cuidado.

      Durante el viaje, mi padrino me aleccionó.

-               Mira Juan, vamos a ir al mercado en que trabaja tu padre, iremos muy temprano, cuando aún están descargando. Yo te lo señalaré, si te dice que estas equivocado o que no te conoce, no insistas.

     Al  llegar a Gijón buscamos la pensión de unos amigos de mi padrino. Casi no había amanecido cuando nos levantamos y sin nada en el estómago nos vestimos. Yo me puse mi  traje de almirante. Estaba feliz, mi padre iba a ver por mi aspecto que yo iba a llegar a ser un gran militar, un ardoroso guerrero como él. Un militar de carrera como mi abuelo y como él mismo.

      En el mercado mi padrino me señaló un hombre. Al principio no lo reconocí, flaco, bajito, con la dentadura incompleta, pero si, era él, el hombre de la foto que yo guardaba como oro en paño.

     Me acerqué a él.

-          ¡Papá, papá!.

     Él se detuvo en seco, sin bajar la carga se dio la vuelta, creo que se me quedó mirando un instante, pareció querer llegar a mí, abrazarme. Pero no movió un músculo. En lugar de eso se volvió a girar y dijo.

-          Yo no te conozco, no tengo hijos.

-          ¡Que sí, papá, que soy yo, Juan.  Miguelín y Emilito se murieron pero yo no, yo estoy aquí.

Me volvió a mirar, sus ojos estaban heridos, pero se recobró enseguida.

-          Te confundes chaval.

     Mi padrino llegó enseguida a mi lado.

-          Disculpe al niño, señor, se ha equivocado.

     Ambos nos marchamos en silencio.  Recogimos en silencio nuestras escasas pertenencias de la pensión. 

E hicimos igualmente el viaje de regreso callados. 

     Al llegar al colegio rompí su foto. Me escapé un par de veces, volví a ingresar, y poco tiempo después, mi madre me llevó a vivir con ella a Madrid, había montado una pensión. 

     Terminé la básica, comencé la secundaria y me puse a trabajar, y un día mi madre me dijo que se iba a volver a casar.

-          Pero tú ya estás casada.

-          No, ya hace años que soy viuda. Tu padre murió.

-          ¿Cuándo?

-          Al poco que volviste de Gijón.

     Mi padrastro es un buen tipo, pero ya soy mayor, ya no necesito un padre.

    

miércoles, 21 de marzo de 2012

18º- Los chorizos

LOS CHORIZOS

      Cuando todos duermen es cuando hay que aprovechar.  Colocamos todo lo que podemos dentro de la cama para que haga bulto y crean que seguimos durmiendo. Luego el Jamo y yo,  nos deslizamos en ropa interior por el  pasillo, escondiéndonos en cada recodo de sombra y sigilosamente bajamos a las cocinas, más concretamente a la despensa, que es nuestro objetivo.

     En verano esto está chupao, pero en invierno, y solo con el pijama, hace un frío del demonio.  Claro que nosotros estamos curtíos, somos los niños de la nueva España, una España más fuerte, más viril, más sana más decente y mejor, y como niños del movimiento, nada más levantarnos, nos duchamos, sea invierno o verano, siempre con agua fría, para volvernos fuertes y estoicos.  Luego formamos en el patio, recién duchados en ropa interior y hacemos la instrucción.   Alguno se ha acatarrado, incluso,  alguno que estaba muy malito, ha pasado al hospital, o ha vuelto con sus padres, aunque el Mario no tenía padres y tampoco ha vuelto.

-          Se quedó con unos tíos lejanos. Me contestó la monja cuando se lo dije en clase.

      Luego nos echó un sermón sobre la importancia de no fumar y de no beber alcohol y de no ir con ciertas mujeres que llaman “de la vida”, por que los niños luego nacen con taras y son debiluchos y enferman, como pasaba con los hijos de los rojos, que tenían una moral tan relajada. Los padres del propio Mario, por ejemplo.

-          No solo tiene que ser sana la madre, si no también el padre, por que si no la debilidad se trasmite.

Y yo estoy preocupado. ¿También mis hijos nacerán bizcos? 

El médico se rió con ganas cuando se lo pregunté y me contestó que no, que lo mío era por un accidente, pero que no bebiera, no fumara y no fuera con malas mujeres, que nunca se sabe.

      Tenemos un plan, claro que si, nos deslizamos como sombras por el edificio pero si nos pillan, cerraremos los ojos, pondremos los brazos paralelos a los hombros y fingiremos que somos sonámbulos, pero mejor que no nos pillen. ¡Con lo desconfiá que es la Pruden!

     Llegado a nuestro objetivo, tenemos cuidado de no hacer ruido, registramos la despensa a fondo y allí están, con la misma pinta, que tenían hace unas dos semanas, cuando nos los dio el carnicero del pueblo “Pa los fillos del hogar”. incluso ahora huelen más y mejor, Una buena ristra.  Ya no quedan más que dos, y nosotros no los hemos probado.

      Discutimos si llevarnos medio cada uno o pegarles un bocado para que se note menos, al final nos llevamos uno que partimos para los dos, y es tanta la gana que nos lo comemos allí mismo.

     Y un par de manzanas de postre. Nos comemos hasta el troncho, así no quedan restos.  Luego nos vamos a la cama.



     A la mañana siguiente después de la instrucción, se dan cuenta del hurto. Nos dejan a todos sin desayunar hasta que se esclarezca el robo. Nos ponen en posición de firmes y allí aguantando, luego la Pruden, pasa de niño en niño, oliendo nuestras ropas a ver cual huele a chorizo, estamos en las últimas filas, rezamos por un milagro. ¡Y ocurre!



     Un sonido de traca, estruendoso y terrible rompe el silencio de la formación uno de los niños se tira un pedo.  Se comienzan a escuchar un montón de risitas amortiguadas La Pruden con su finísimo olfato,  comienza a oler todos los culos, recién duchados a ver si lo localiza, se quedan todos tan aterrorizados que al llegar a uno de ellos que no había  sido. Se lo tira de los puros nervios en la cara de la señorita.

   Es condenado a un castigo tremendo, nos pasamos varios días sin verlo. Vuelve desmejorado.

     Me siento fatal por haber robado los chorizos, y peor aún por desear un milagro, sin preveer las consecuencias.  Me confesaría al cura, pero ya sé que el secreto de confesión de un niño no es tal secreto. Me da más miedo el castigo humano que el divino.  Me tendré que comer mi culpa como me comí el trozo de chorizo.

viernes, 16 de marzo de 2012

17º El niño de las monjas.


EL NIÑO DE LAS MONJAS

    

     Así es como me llaman mis compañeros cuando me quieren hacer rabiar, y eso ya me ha valido unas cuantas peleas.

     Las señoritas, que no son monjas (aunque por su aspecto lo parecen), es cierto que me dan un trato especial, y que me dispensan más atenciones que al resto, pero esto es por mi buen carácter, por mi simpatía y por que soy alegre, cariñoso y sobre todo, muy obediente.

     Los otros niños dicen que no es por eso, que es por que soy un pelota, y por que soy bizco y las doy pena.

     Eso me enfada y al principio me hacía llorar, pero ya no, ahora al que me lo dice, le casco, y todos me temen por que a mi no me castigan, si acaso me riñen.

-          Juan, no es de buen cristiano. No hay que pelearse, Dios nos dice que debemos poner la otra mejilla.

-          Si hermana. ¿Pero y cuando ya hemos puesto las dos?.

-          ¡Jesús, María y José, diablo de chiquillo!.

     Es por estas contestaciones, y alguna que otra picia, que las monjas me llaman Juan de todos los diablos.

     Aproximadamente un par de veces al mes, las monjas nos llevan a unos cuantos niños para que las acompañemos cuando van en busca de donaciones para mantener el colegio.  Solemos ir siempre más o menos los mismos  niños.  A estas visitas solo pueden ir los que se portan bien, sacan buenas notas y no están castigados. Yo siempre soy uno de los dos niños que van, aunque me halla portado mal, o este castigado, sobre todo cuando vamos a la Casona de V. Allí no puedo faltar, la señora me tiene gran cariño, y si estoy enfermo, retrasamos la visita. Allí voy yo solo, cuando lo normal es que nos lleven a dos.

     Es una gran casa, creo que del siglo XVII,  con muchas tierras y praós, y bosque,  y cuadras para los caballos, y un jardín. Me lo paso fenomenal. Si hace buen tiempo, me ensillan un caballo y me enseñan a montar. Es una casa tan bonita, que es una pena que Doña Rosario, la señora no viva allí todo el año.

     Un día se lo dije a doña Rosario, lo mucho que me gustaba la casa.

-          ¿De verdad te gusta? Pues quizá algún día te la regale.

-          ¿En serio?.

     Doña Rosario me dedicó una sonrisa enigmática que lo mismo podría querer decir un si, que un no.

     En otras casas me llevan a merendar a la cocina después de la visita, aquí la señora me sirve el chocolate y los picatostes, con ellas en el salón. A veces la veo pasear furtivamente la vista del cuadro de la chimenea a mi, y vuelta. Un día le pregunté quien era el del cuadro y me contestó que su único sobrino.

    Terminada la merienda, suelen enviarme a que juegue al jardín o a mandan a algún mozo a enseñarme los campos los animales y el manejo de la casona, Fermo, el capataz, me dice que aprendo rápido, y que se nota que lo llevo en la sangre.
     En una de mis últimas visitas la señora, dirigiéndose a mí me ha comentado:

-          Yo te tengo un gran cariño, ¿sabes?. Tu madre sirvió en mi casa, antes de que tu nacieras.

     Después pellizca mis mofletes y me da un beso.

-          ¡Ala, a jugar al jardín!

     Las monjas y ella se quedan charlando.  Guardo con sumo cuidado los bombones con que me han obsequiado en la cocina por orden suya. Luego se los regalaré a las señoritas, cuando volvamos de regreso.

     Me gustan las muestras de  afecto que me prodigan las hermanas cuando se los regalo.

     Un día de los que toca visita ya no vamos a la casona de Doña Rosario. Por el camino le pregunto a Sor Ángela el porqué.

-          Dios ha tenido a bien, llamar a Doña Rosario a su lado.

     Me entristece, yo también le tenía cariño a la señora, pero me quedo con las ganas de preguntarle a las monjitas, si de verdad, al final me ha regalado la casona, pero sé que eso no estaría bien. Me siento culpable por ser egoísta y rezo por ella y por mí, para que Dios me perdone el egoísmo.


martes, 13 de marzo de 2012

16º Certificado de vida religiosa.


CERTIFICADO DE VIDA RELIGIOSA

           Después de su travesura, he decidido llevar a Juan a un colegio interno. Me han hablado bien de los Maristas en Oviedo, así que salgo de vacaciones un poco antes para dejar arreglado el tema.

                                                            ………………………..


     Es un poco caro y ya no me lo puedo permitir, seguí el consejo de mi madre y he dejado el estraperlo.
      He montado una pensión. El ministro me ha ayudado y cuento con unos ahorrillos. Pero no es un negocio tan lucrativo como el del mercado negro.

     En el Auxilio Social de Oviedo me exigen un certificado de vida religiosa para que pueda ingresar el niño en el colegio pero para ello  debo arreglar algunos asuntillos, como el de mi boda, que al ser civil no es válida.  Bueno puede llegar a serlo, ellos lo arreglarán. Conseguir su certificado de bautismo, y arreglarlo para que conste como hijo de Miguel.  Luego conseguir testigos de asistir a misa con regularidad etc. etc., con eso todo arreglado. 

     Todo me cuesta unos buenos dineros y cierta ayuda de mi antigua señora y sus contactos, pero vale la pena. A ambas nos conviene este arreglo.
     Me sirve también para regularizar todos los papeles del niño que me faltaban.

Fin del 16º capítulo de Las memorias de Olvido.

jueves, 8 de marzo de 2012

15º - Travesura.


TRAVESURA

     Mi última travesura, y eso que no fue tal, ha colmado el vaso de la paciencia de mi  tía. Me van a meter interno en un colegio y eso que al igual que los héroes de las películas, hemos salvado a mucha gente.

      Mi tía y mi tío me han cogido mucho cariño, me tratan como a un hijo más. Ayudo a mi tío, que es panadero. Con el dinero que manda mi madre compra trigo en el mercado del estraperlo, gracias a unos contactos que han salido gracias a mi madre.  Luego hornea pan a escondidas, y yo que le soy simpático a los civiles  soy el encargado de llevar el pan semi escondido a la lista de clientes, lo hago por que soy rápido y  paso desapercibido .

     Con mi amigo el Angelote, el hijo del tranviario, suelo salir a dar un paseo a las afueras de Oviedo y jugamos a la guerra y a ser héroes.

     Se dice que los montes asturianos están llenos de maquis y jugamos a dispararlos.  Aunque lo de hoy es distinto. Jugábamos a los indios a escuchar al séptimo de caballería en los raíles, cuando vimos que las lluvias habían arrastrado un tramo de vía, el tren estaba a punto de pasar. Y descarrilaría

     Rápido hemos hecho una hoguera recogiendo palos y ramas secas de aquí y de allá. Lo hemos encendido con mi mechero de yesca.

     El maquinista lo ha visto a tiempo y ha detenido el tren. Al ver que habíamos conseguido nuestro propósito hemos salido corriendo, han ido detrás nuestra pensando que era una gamberrada pero no nos han pillado.

     Corrimos a refugiarnos cada uno a nuestra casa. Entré como una exhalación y me escondí debajo de la cama.

     Mi tía me saco arrastrando de una oreja.

-          ¡Ah, pillastre, en que lió te metiste! Sal que está aquí la guardia civil.

     Me ha venido a buscar la guardia civil. Afuera estaba también el Angelote. Debe ser cosa grave puesto que nos han llevado a gobernación.

     Nos meten sin explicaciones y bruscamente y nos llevan frente a una puerta.  Uno de ellos da tres toques.

-          Da usted su permiso.

-          Adelante pasen.

     Un señor, sentado en un sillón que debe ser el gobernador nos mira con suma gravedad.

-          ¿Así que habéis sido vosotros los de la hoguera?

Nosotros asentimos mudos.

-          ¿De quien fue la idea?

     Casi no acertamos a dar las explicaciones. Pero doy un paso al frente.

-          Vaya, vaya, chaval. ¿Y como se te ocurrió lo de la hoguera?

-          Yo, yo lo vi en una película de indios y vaqueros, mi general.

-          O sea, que en una película. 

      El gobernador se levanta de su asiento, imponente frente a mí que soy más bien bajito incluso para mi edad.  Me rodea, me observa y levanta la mano como si me fuera a dar un bofetón. Eso me trae una niebla de miedo y recuerdos, no sé por que, pero me acuerdo de mi tío Emilio.

     En lugar de eso me da una palmadita en la espalda. Me felicita por dar la cara y hacerme responsable de mis actos, también nos explica  que no estamos allí para castigarnos si no por que nos quiere felicitar por haber salvado al tren de un seguro descarrilamiento, en un claro sabotaje rojo, en el que podrían haber salido heridas muchas personas o algo peor.

     Intento explicarle,  que han sido las lluvias y un arroyo subterráneo, los responsables de que falte ese tramo de vía, pero no quiere escucharme, me dice que no diga tonterías y que esta claro que han sido esas alimañas rojas.

     No necesitamos contarle nuestras vidas, sabe quienes somos y quienes nuestros padres y lo que hacemos y el colegio al que vamos. ¡Que bárbaro el tío!, ¡lo sabe todo!

     Se nos pasa el miedo, nos llevan a casa en un coche. Pero antes vamos a la estación, allí un montón de gente que iba en los trenes nos quiere agradecer nuestra acción y nos dan una recompensa con el dinero que han recogido en una colecta entre los pasajeros salvados.

     La noticia ya ha corrido como la pólvora, creo que hasta la van a publicar en los periódicos de mañana. Mi tía también me felicita, soy el héroe del barrio.


Fin del capítulo 15º de Las memorias de Olvido.

jueves, 23 de febrero de 2012

14º - La tía Sagrario.


LA  TÍA  SAGRARIO


     Creo que durante la guerra pasamos hambre, pero casi no me acuerdo, era muy pequeño. Cuando terminó  si que  recuerdo haber tenido hambre y no haber podido comer. Pero al poco eso terminó mi madre traía todas las semanas un paquetito y con eso tirábamos mi madre, mi abuela Luisa y yo.

     Desde que empezaron a llegar los paquetitos fuimos mejorando de aspecto. Sé que mi madre no tanto por que guardaba una pequeña parte de aquello y lo vendía.

     Luego se marchó unos días y al volver las cosas poco a poco comenzaron a mejorar. Nos mudamos a un piso cerca de la estación del norte, y dejamos atrás el de mis abuelos al  que una bomba había derribado la escalera.

     Mi madre comenzó a vestir mejor y algunas noches se ponía muy guapa. Yo la preguntaba y ella me contaba que se iba a una fiesta con gente muy importante. Volvía muy tarde.

     Y un día mi abuela Luisa dijo que se mudaba a vivir a la casa de uno de mis tíos y no hubo forma de convencerla.

     Mi madre no acudió a trabajar ese día. Hizo una maleta con mis cosas y me pidió que la ayudase a ponerse una combinación que pesaba muchísimo. Estaba llena de bolsillos y con ella puesta y con la ropa, tenía el aspecto de una señora gruesa.

-          ¿Donde vamos mamá?

-          A ver a tu tía Sagrario.

     Cogimos el tren, al ladito de casa y marchamos, el viaje fue largo, yo me dormí en el trayecto.

     Desde la estación de Oviedo, caminamos un ratito y llegamos la casa donde vivía mi tía. Todo me sonaba vagamente familiar.

-          Me vais a perdonar pero apenas tengo nada que ofreceros.

-          Es igual Sagrario, ya traigo yo.

     Abrió mi maleta y sacó unos paquetitos hábilmente camuflados entre mis ropas.

     A mi me mandaron a jugar con unos niños que no recordaba, mis primos dijeron y ellas se quedaron hablando.

     Pasamos con ellos unos tres días, al cabo de los cuales , con mi madre ya adelgazada partimos a la aldea, y por fin conocí a mi abuela Herminia, se parecía mucho a mi madre.

-          Que guapo, es igual que tu.

     Mi madre sacó otra vez paquetitos que entregó a mi abuela y luego me mandaron  a explorar los alrededores.

     Dormimos allí aquella noche. Ellas estuvieron despiertas hasta muy tarde. Las oía hablar entre sueños.

     Al día siguiente mi madre había vuelto a engordar y las maletas pesaban mucho. Volvimos a Oviedo, al final de la semana  despedimos a mi  madre y yo quedé con mi tia Sagrario y mis primos. Mi madre se tenía que ganar la vida y no me podía dejar en casa solo.

     Mi tía está contenta y ya nunca falta comida en su casa. Una editorial la ha contratado para escribir un libro de recetas y le traen cuantos ingredientes necesita para confeccionarlas.

     Ella pide de más y reparte con sus vecinas, e incluso lleva algunas cosas a las monjas para sus huérfanos.

     Estoy muy bien aquí, me lo paso estupendamente, me he hecho respetar y ya no me llaman bizco ni otras cosas peores. El otro día fui con mis primos a ver una película de Tarzán y mi primo pequeño me ha empezado a llamar así  por que dice que soy fuerte y valiente como él, y ahora en todo el barrio me lo llaman.  Hecho de menos a mi madre.


Fin del capítulo nº 14 de Las memorias de Olvido

viernes, 17 de febrero de 2012

13º- Las fiestas elegantes


LAS FIESTAS ELEGANTES

      Hoy he vuelto de una de las fiestas elegantes a las que me veo obligada a asistir desde que estoy liada con Adolfo.  Vengo agotada y no me gusta nada tener que ir.   Se cena y derrocha con exceso en una atmósfera tan viciada por el humo del tabaco que todos los manjares de la mesa me saben a veneno.

     La primera vez acabé prometiéndome no ir jamás, pero no soy yo quien decide, Adolfo hasta me ha regalado un par de vestidos, quiere que se me vea, exhibirme ante todos. 

     Estas fiestas tienen una sofisticación de taberna y las mujeres somos consideradas una moneda más de cambio en sus negocios.   Como todavía soy una novedad para Adolfo, no he sido intercambiada todavía, pero no tardará en hacerlo, el obeso general me pone últimamente demasiados ojitos, y cuanto más difícil me considera más parece que  se obstina él en conseguirme. Adolfo fomenta esta pugna, hace que me revalorice más.

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       He estado una semana ausente por lo del niño y para hacer contactos en mi aldea,  así que me he perdido una de sus famosas fiestas elegantes, como tienen la poca vergüenza de llamarlas.

     Yo si sé lo que son las fiestas elegantes, con bonita vajilla, y una conversación educada y alegre. Como en los tiempos en que servía donde mi señora.

     Aquí las mujeres hacen gala de una vulgaridad absolutamente obscena, y no es extraño verlas  desfilar en ropa interior para deleite de sus mantenedores. Yo tengo un poquito más de estatus, puesto que aparte de estar con Adolfo, también trabajo en la obtención de carnes y embutidos, un bien raro y muy apreciado por lo escaso.

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      Por Merceditas que es una de las pocas con las que me llevo bien me he enterado de que con esta gente no vale tumbarse y ya está, me cuenta de unas cosas muy como de París que yo ni a imaginarlas me atrevo. Solo de pensarlas he estado a punto de vomitar la cena.

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      Creo que ya sé como librarme de este destino de degradación, de vez en cuando, ahora con más frecuencia, acude a estas cenas un ministrillo con grandes influencias. Es un hombre tímido con las mujeres, más fino y elegante y le noto observarme en silencio. Me admira un poco y en su honor he abofeteado al gordo, al lascivo general que me acosa.   El general me ha ido a pegar pero el ministro se ha interpuesto y se me ha llevado.  Me deja en la puerta de mi casa y cortésmente me dá las buenas noches, aunque ya casi es de día.

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      Al día siguiente Adolfo me ha informado que ya no tendré que volver a acompañarlo  y que tampoco lo volveré a ver sino como jefe.


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      No han pasado ni quince días y he recibido una invitación de Don Francisco. Me ha llevado a cenar a un club nocturno de los que en teoría no existen, bastante elegante y hemos estado muy a gusto, después se ha ofrecido a acompañarme a casa. Aunque no me gusta demasiado, es el hombre que mejor me ha tratado en mucho tiempo. Le he dicho que prefería tomarme algo en la suya.

     Después del amor, me ha llevado en su coche  a mi casa. 



Fín del capítulo 13º de Las memorias de Olvido.